domingo, 2 de marzo de 2008

En la biblioteca

Para Antón Arrufat

Perdido todo,
le quedaron los libros.
Cerrados, semejan ataúdes,
y abiertos, cunas propicias.
En esos libros
-que siempre lee como empezándolos-
los fantasmas que los habitan
le dicen que están vivos,
y que si quiere vivir de tal modo,
aparentemente fantasmal,
se deslice raudo entre sus páginas,
elija un capítulo, repose
de todo cuidado humano
-incluso de la esperanza-,
y verá por ejemplo
que ya no está leyendo el que leía,
verá tan sólo una apariencia de lector,
que insistente le pide descifrar
enigmas nunca aclarados.
Pero ya es tarde
para el de afuera,
y el que está adentro ya no puede hablar.
Detenido en su página, sentado
en su capítulo, es un inmortal.

1972

domingo, 17 de febrero de 2008

Secreto del espía

Furioso el espía recorre su salón
amargamente ataviado con vestiduras reales,
el espía divirtiendo sus inmutables bocas
con todos los secretos del general en jefe.

Su salón proyectado en zigzag el espía recorre
inúltilmente, traicionando al Estado Mayor,
que en las mañanas con olor a oficina
se aburre pinchando la nuca del ujier.

Portador de un secreto, su salón el espía devora.
Una rara invención del espía de turno
en la brumosa orilla del oridor escarlata.

Ahora da dos palmadas y aparece un criado,
un criado que lleva en su frente una cripta.
El espía lo mira fijamente y solloza,
el criado lo reclina en un lecho de ágata,
y el secreto se propala por las últimas cámaras.
Todo el pueblo se agolpa para ver al espía
creador de un secreto no confiado a sus jefes;
el pueblo lo conmina: revela tu invención
para que todos puedan tocar la misma puerta.

El espía su boca profesional entreabre con fastidio,
su invención impecable ya puede propalar,
pero he ahí que el jefe, terriblemente irónico,
un pañuelo cifrado en su boca introduce,
y el espía es fusilado con todas las formalidades.

1945

viernes, 8 de febrero de 2008

En el duro

Ayer yo estaba solito
en la Avenida del puerto,
pensando en mi madre muerta
y pensando en los deseos.

Como un plato estaba el mar,
pero yo estaba moviéndome.
Es una cosa muy seria
que el mundo tanto se mueva.

Un hombre se me acercó
con una cara habanera,
de esas que La Habana misma
no le regala a cualquiera.

Se fue encogiendo de hombros,
la mirada se hizo niebla,
la boca se le contrajo
y así habló de esta manera:

Mi socio, no sé lo que está pasando,
pero yo sé lo que pienso:
este mundo está en el duro
y ojalá se nos deshiele;

porque de no ser así,
nos matará la dureza;
ya las palabras son balas
y las miradas hogueras.

¿No le parece, mi socio?
- me dijo y me tocó el pecho;
yo lloraba como un niño,
y el mar se fue endureciendo.


1962

viernes, 18 de enero de 2008

Natación

He aprendido a nadar en seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay el temor a hundirse pues uno ya está en el fondo, y por la misma razón se está ahogando de antemano. También se evita que tengan que pescarnos a la luz de un farol o en la claridad deslumbrante de un hermoso día. Por último, la ausencia de agua evitará que nos hinchemos.
No voy a negar que nadar en seco tiene algo de agónico. A primera vista se pensaría en los estertores de la muerte. Sin embargo, eso tiene de distinto con ella: que al par que se agoniza uno está bien vivo, bien alerta, escuchando la música que entra por la ventana y mirando el gusano que se arrastra por el suelo.
Al principio mis amigos censuraron esta decisión. Se hurtaban a mis miradas y sollozaban en los rincones. Felizmente, ya pasó la crisis. Ahora saben que me siento cómodo nadando en seco. De vez en cuando hundo mis manos en las losas de mármol y les entrego un pececillo que atrapo en las profundidades submarinas.

1957

Tomado de El que vino a salvarme (1970)

martes, 1 de enero de 2008

Guillermito siempre fue muy bueno conmigo

Hay que decir que Virgilio, primero en Revolución y después en Lunes, no sólo encontró su nicho, sino que por primera vez en su vida pudo vivir de lo que escribía. Es decir, era, a pesar de las persecusiones que sufrió en el pasado, un verdadero profesional. En Lunes tuvo luego una sección para él solo ( "A partir de cero"), y más tarde fue editor de Ediciones R, que fundó Lunes en 1960. Virgilio era querido por todos en Lunes y en el área de Revolución que importaba, como eran Franqui y Mateo. Franqui, inclusive, se arriesgó a ir a la cárcel y trató de hacer ver a Virgilio que en Cuba peligraba no sólo su trabajo sino también su libertad. Ocurrió en París en 1965, en la pobre habitación de un hotel de tercera en la Porte Maillot, y yo estaba presente. Cuando Franqui le dijo que iban a realizarse redadas de homosexuales que dejarían bien atrás a "La Noche de las Tres Pe" (putas, proxenetas y pederastas), Virgilio se echó a llorar y le comentó que no podía vivir fuera de Cuba, que ya lo había intentado cuando era joven y no pudo, menos podría ahora de viejo. Y regresó a Cuba, no a las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), pero sí a un destino peor que la muerte para un escritor: el olvido.

Guillermo Cabrera Infante

Tomado de Carlos Espinosa Domínguez: Virgilio Piñera en persona. Denver, Colorado, Térmido Editorial, Colección Ideas, páginas 171-172.

Foto: Mario García Joya. (Mayito) Cortesía del Instituto Cultural René Ariza

sábado, 8 de diciembre de 2007

Palma negra

Es preciso que de una vez
descubramos la palma
que tiene negro el penacho.
Nuestro muertos en su cimera
esperan ser enterrados.
Allá arriba están en sus lamentos
que el viento propaga implacable.

En la sabana todo parece verde,
pero esa plama !oh, esa palma!

A la cacería de esa palma,
la señora de la esquina,
el zapatero del barrio,
irán vestidos de verde.

Toquen el cornetín,
enfilen los perros,
revienten los caballos.

En la sabana todo parece verde,
pero esa palma !oh, esa palma!

Si no es esa, si no es aquélla,
si el zapatero del barrio
jura por todos los santos
que su perro la olfateado;
si la señora de la esquina
caracolea sin descanso
dando voces a Pedro
que está allá arriba en la palma;
si el telón de fondo verde
encabrita los caballos
¿cómo dar caza a la palma?

En la sabana todo parece verde,
pero esa palma !oh, esa palma!

1962

sábado, 17 de noviembre de 2007

La gran puta

Para Oscar Hurtado

Cuando en 1937 mi familia llegó a La Habana
–uno de los tantos éxodos a que estábamos acostumbrados–
mi padre –como tenía por costumbre sanguínea–
se dio de galletas y se puso a echar carajos.
Llegaron exactamente a las diez de la mañana
de un día de agosto mojado con vinagre;
antes de ir a esperar el Santiago-Habana
tomé un jugo de papaya en Lagunas y Galiano, y como el deber se impone al deseo perdí a un negro que me hacía señas con la mano.

Por esa época yo tenía veinticinco años
y toda la vida resumida en la mirada;
años mal llevados porque el hambre no paga:
"Virgilio --me decía Oscar Zaldívar--
no te alimentas lo suficiente. Hay que comer carne..."
De vez en cuando me llevaba a La Genovesa
en la esquina atormentada de Virtudes y Prado,
donde Panchita, una italiana operativa,
le decía doctor a Oscar y a mí no me decía nada.
Las calles eran vahídos y las aceras desmayos:
En la cabeza los versos y en el estomago cranque.
Corría a la casa de empeños sita en Amistad y Ánimas
buscando que me colgaran entre docenas de guitarras,
yo, empeñado, yo empeñando un saco viejo de Osvaldo
para trepar jadeante la cazuela del Auditórium
a ver "El Avaro" de Molière que Luis Jouvet presentaba.

Era La Habana con tranvías y con soldados
de kaki amarillo, haciendo el fin de mes
con los pesos de los homosexuales;
entre los cuales, en cierta manera, me cuento,
es decir, en mi humilde escala: no osaría ponerme
a la altura de La Marquesa Eulalia, del Pájaro Verde,
de Jarroncito Chino, de la Pulga Lírica y del Marqués
de Pinar del Río, y aunque una noche, en el Don Quijote,
bailé sobre una mesa disfrazado de maja,
mi alarde palidece ante la magnificencia
del Pájaro Verde dejándose degollar en el baño.

Según se mire eran tiempos heroicos, tiempos
que fueran cantados por guitarras alcoholizadas,
palabras tremendas que eran pronunciadas
con el filo de un cuchillo, mientras allá,
en Marte y Belona, los bailadores realizaban
la confusa gesta del danzón ensangrentado.
Esta gesta alcanzaba proporciones épicas
en el Cuchillo de San Miguel: allí Panchitín Díaz
le decía con su voz aflautada a la putica debutante:
“Muchacha, tienes toda la vida por delante...”,
y dando dos pasos se metía en la barbería de Neptuno
para entablar un diálogo funambulesco
con la corpulenta Albertino, que se hacía afeitar
una barba imaginaria.

Una noche en El Prado, con su pedazo de cielo
particularmente convulso sobre leones de bronce verde,
sobre leones que temblaban al paso del
Emperador del Mundo --un negro tuberculoso con
el pecho constelado de chapitas de Coca Cola--,
se comentaba con terror manifiesto
la frase ciceroniana de la mujer que se tiró
bajo las ruedas del automóvil de Lily Hidalgo de Conill:
“¡Habana, ábrete y trágame!”
Pero La Habana se hizo aún más rígida
para que ella pudiera ir hasta Colón sin baches,
para que esa noche las putas chancrosas
hicieran buenos pesos y para que lloraran los
sentimentales, entre los cuales también me cuento,
al extremo que podría ser nombrado presidente de
los sentimentales, y ahora precisamente recuerdo
al hombre que vi matar junto a la estatua de Zenea
con su mano convulsa aferrada al seno de mármol
de la mujer que eternamente lo acompaña.
Me pareció que llegaba el Apocalipsis,
pero justo en ese momento oí: “¡Maní tostao, maní!”
y metían por mis ojos anegados en lágrimas
un cucurucho de voluptuosidad cubana.

Mi amiga, la Muerta Viva, una puta francesa
que recaló en Sagua allá por el veinticuatro
compraba todos los días el periódico para
ver si en la Crónica Roja aparecía muerto
el cabrón, decía ella, que la dejó plantada en Sagua.
Pero como la vida manda, seguía abriendo las piernas
sin sentimentalismo de ninguna clase.
Yo, que mi destino de poeta me impidió la putería
soñaba persistentemente con abrir las mías:
cuando el hambre aprieta, sueños monstruosos
se perfilaban en cada esquina, monedas del tamaño de
una casa me caían encima, y todo terminaba
en una frita deglutida al compás de
“Bigote de gato es un gran sujeto...”
Sin embargo, pensaba en la inmortalidad
con la misma persistencia con que me acosaba
la mortalidad, porque aun cuando viéndome
forzado a escuchar “la inmortalidad del cangrejo”
y ver al tipo pálido sentado en el café de
los bajos de mi casa, con un palillo en los
dientes y un vaso de agua sobre la mesa
pensando en las musarañas, yo me aferraba
a la mentira piadosa siguiendo al mismo
tiempo con la vista los sándwiches de pierna
que rechinaban en mis tripas.

Suaritos anunciaba a Ñico Saquito,
Toña La Negra quebraba la luna con su voz
de tortillera mejicana, Batista daba golpetazos
en Columbia, Patricia la Americana se momificaba
en un disco y Daniel Santos galvanizaba los solares.
Claro está, en la ciudad del sol constante
los fantasmas acostumbraban salir a plena luz:
los he visto acompañándome por Monte y Cárdenas
el día del entierro de Menocal, con ron peleón,
porque de eso el general prodigó, enchumbó, anestesió
y el champán para él y Marianita en París.
“Querida, me dijo Jarroncito Chino, hoy todo el mundo
está jalao, haremos ranfla moñuda,
ya el General templó lo suyo y nosotras moriremos
con un troyó papá bien grande adentro”
Así murió efectivamente. Destino cumplido,
vida realizada, strip-tease de pelo en pecho,
sacando palanganas de agua de culo.
Cuando se la llevaron había un Norte de
tres pares de cojones.

Estos son los monumentos que nunca veremos en
nuestras plazas, amorfa, sí, amorfa cantidad
de donde extraigo el canto, en cualquier parte,
bajando por Carlos III que entonces tenía bancos,
escuálido, tembloroso, con mi amorosa Habana
siguiéndome los pasos como perro dócil
entre años caídos retumbando como cañones
dejando la peseta en casa de la barajera
para saber ¿para saber? si mañana entraré
en la papa... Un pelado en el Mercado Único,
un guarapo en el Mercado del Polvorín,
siempre avanzando, en brecha mortal,
buscando la completa como se busca un verso,
¡oh inacabables calles, oh aceras perfumadas
con orine! ¡Oh hacendados con pañuelos
imprendados de Guerlain, que nunca
me pusieron casa!

Solo en mi accesoria haciendo mis versitos
veía pasar La Habana como un río de sangre:
y como una puta más del barrio de Colón
los contaba de madrugada como si fueran pesos.


1960

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Toña La Negra




Ñico Saquito



Daniel Santos